Empresarios argentinos frente a la competencia sin privilegios

Hay algo que incomodó más que la licitación perdida. No fue el contrato, ni el dinero, ni siquiera el golpe al orgullo. Fue el mensaje que quedó flotando en el aire y que muchos prefieren no escuchar.

02-02-2026 - Por Crítica Argentina

Hay algo que incomodó más que la licitación perdida. No fue el contrato, ni el dinero, ni siquiera el golpe al orgullo. Fue el mensaje que quedó flotando en el aire y que muchos prefieren no escuchar. Porque esta vez pasó algo distinto. Y cuando eso ocurre en la Argentina, nunca es un detalle menor.

Durante décadas, gran parte del empresariado argentino se movió en un terreno conocido y cómodo: mercados cerrados, reglas hechas a medida y un Estado siempre listo para amortiguar errores. Competir no era la norma, era una excepción molesta. En ese esquema, ganar no dependía de ser mejor, sino de estar más cerca del poder. El resultado fue previsible: poca innovación, altos costos y una fuerte dependencia de la protección estatal.

Ese modelo empezó a crujir con una licitación reciente que dejó afuera a Techint, uno de los gigantes históricos de la industria nacional. No fue un escándalo técnico ni una maniobra oscura. Ganó quien ofreció mejor precio y mejores condiciones. Punto. Lo disruptivo no fue el resultado, sino la lógica aplicada. En un país acostumbrado a privilegios, que gane el más eficiente suena casi revolucionario.

El episodio tomó todavía más visibilidad cuando Javier Milei apuntó públicamente contra Paolo Rocca, dueño de Techint, con un mensaje irónico en redes. Más allá del tono, el trasfondo fue claro: en este nuevo escenario, el apellido ya no alcanza. El lobby no garantiza resultados. Y el Estado no está para tapar ineficiencias.

Durante años se instaló la idea de que defender la industria nacional significaba cerrarse al mundo. Como si competir fuera sinónimo de perder soberanía. Bajo ese relato, muchas empresas dejaron de mejorar porque no lo necesitaban. Si el mercado estaba blindado, ¿para qué bajar costos o invertir en tecnología? Pero la protección constante no fortalece: debilita. Convierte a las empresas en dependientes y las deja indefensas cuando cambian las reglas.

Eso es lo que hoy queda expuesto. Empresas que funcionaban bien en un sistema cerrado descubren que no son competitivas cuando las condiciones son parejas. La reacción se repite: denuncias de “competencia desleal”, pedidos de ayuda y reclamos al Estado. No hay autocrítica. Hay enojo por la pérdida del privilegio.

Este cambio no es solo económico, es cultural. Implica pasar de un capitalismo de favores a uno de reglas claras. Donde no gana el amigo del poder, sino el que hace mejor su trabajo. Cuando el Estado deja de elegir ganadores, el mercado reasigna recursos. No por ideología, sino por eficiencia.

La Argentina no falló por falta de empresarios, sino por exceso de empresarios protegidos. Invertir en contactos fue más rentable que invertir en productividad. Ese es el corazón del problema que hoy empieza a discutirse.

El proceso recién arranca y genera ruido. Habrá resistencia y discursos que hablen de entrega o pérdida de soberanía. Pero la verdadera soberanía no se construye con mercados cerrados, sino con competencia real y reglas iguales para todos.