La política argentina tiene una costumbre enfermiza: cuando aparecen datos que contradicen décadas de relato estatista, mira para otro lado. Pasó durante años con la inflación, pasó con el déficit y ahora vuelve a pasar con el debate sobre los dólares.
Mientras buena parte del círculo rojo todavía sigue hablando con el cassette del 2003, la economía empezó a mostrar otra cosa. Y eso fue exactamente lo que expuso Dante Sica, ex ministro de Producción y titular de ABECEB, durante una entrevista en la señal de streaming de Infobae en Vivo.
No habló un improvisado. Habló un tipo que conoce el entramado industrial, que recorrió fábricas, puertos, parques logísticos y mesas de inversión. Y que, además, vio desde adentro cómo la Argentina desperdició oportunidades históricas por culpa de gobiernos adictos al gasto público.
La definición más fuerte fue quirúrgica. “No vamos a tener más crisis recurrentes del sector externo”, lanzó. Y no lo dijo como slogan de campaña ni como operador de redes. Lo sostuvo con números, sectores y dinámica exportadora.
Durante décadas, la Argentina dependió casi exclusivamente del campo para generar dólares genuinos. Cuando la soja subía, el país respiraba. Cuando caía, arrancaba la peregrinación al Fondo, el cepo y la emisión desaforada.
Ese esquema detonó una y otra vez porque el Estado siempre gastó como si los commodities fueran eternos. Ahí está la madre de todos los desastres argentinos.
Sica explicó que ese modelo viejo empezó a romperse. “Hasta ahora teníamos solamente un motor, ahora vamos a tener cuatro motores”, señaló.
El primero sigue siendo el complejo agroexportador, todavía con margen enorme de expansión productiva. El segundo es energía, impulsada por el desarrollo de Vaca Muerta y la exportación de petróleo crudo.
Pero además aparecen minería y economía del conocimiento. Litio, cobre, inteligencia artificial, data centers y servicios tecnológicos empiezan a formar parte de una matriz distinta.
Eso cambia completamente la ecuación.
Porque el drama histórico argentino siempre fue el mismo: crecer dos años y chocar contra la pared por falta de dólares. Ahora el escenario empieza a modificarse.
Y eso tiene una explicación simple: cuando un país diversifica exportaciones, deja de depender de un solo salvavidas.
En el Gobierno lo saben perfectamente. Por eso Javier Milei insiste con desregulación, apertura comercial y baja de impuestos distorsivos. No es un capricho ideológico. Es supervivencia económica.
La vieja dirigencia nunca entendió eso. O peor: lo entendió y prefirió seguir administrando pobreza porque el modelo cerrado alimentaba cajas políticas, sindicatos amigos y empresarios prebendarios.
Sica describió algo que en cualquier economía normal sería obvio, pero que en Argentina parecía revolucionario: la integración al mundo genera crecimiento.
“Argentina no era una economía normalizada, éramos una economía desintegrada”, afirmó.
Y tiene razón.
Durante años, abrir una empresa era una odisea burocrática. Importar maquinaria parecía narcotráfico financiero. Conseguir financiamiento era misión imposible. El crédito desapareció porque el peso dejó de existir como moneda de ahorro.
El resultado fue devastador: quince años sin inversión real.
Mientras Brasil, Chile o Uruguay desarrollaban mercados financieros, infraestructura y cadenas exportadoras, acá seguíamos discutiendo controles de precios y fideicomisos berretas.
Sica recordó uno de los pecados capitales del kirchnerismo. “Con la soja a seiscientos dólares duplicamos el tamaño del Estado”, disparó.
Ahí está el corazón del problema.
La política usó el superciclo de commodities para agrandar estructuras inútiles, sostener militancia y fabricar dependencia. Cuando la soja cayó a trescientos dólares apareció el verdadero país: déficit, inflación y un Estado infinanciable.
Eso explica por qué el ajuste libertario era inevitable.
No había magia. No había “plan platita”. No había emisión gratis.
Había una bomba.
Uno de los pasajes más interesantes de la entrevista tuvo que ver con lo que ocurre en Neuquén alrededor del petróleo y el gas.
Sica contó que el desarrollo energético genera ecosistemas enteros: hoteles, hospitales, logística, servicios y construcción.
Eso mismo podría replicarse en el norte argentino con la minería.
El impacto ya empieza a sentirse. Provincias que durante años vivieron atadas al empleo público ahora observan inversiones privadas multimillonarias.
Y ahí aparece otra discusión incómoda para la política tradicional: el empleo ya no lo genera el Estado.
Sica fue clarísimo. La industria dejó de ser la gran empleadora mundial. Hoy el trabajo aparece sobre todo en servicios y en pequeñas empresas.
En Argentina, según explicó, de cada cien empleos nuevos, setenta surgen en compañías de menos de cien trabajadores.
Ese dato dinamita otro mito histórico del peronismo: creer que el desarrollo depende exclusivamente de grandes fábricas subsidiadas.
La economía moderna funciona distinto. Y el Gobierno de Milei parece haber entendido antes que nadie hacia dónde va el mundo.
Sica también dejó una advertencia importante.
El rumbo económico puede ser correcto, pero todavía faltan reformas profundas. Especialmente previsional e impositiva.
Ahí está la verdadera madre de todas las batallas.
Porque bajar inflación era apenas el primer paso. Ahora viene lo más difícil: consolidar estabilidad.
“El gran desafío ahora es la estabilidad”, resumió.
En los despachos oficiales saben que no alcanza con ordenar la macro si después la política vuelve a sabotear todo para sostener privilegios.
Por eso el Gobierno avanza contra regulaciones absurdas, estructuras improductivas y cajas históricas.
Y por eso también el establishment tradicional está incómodo.
Porque esta vez el cambio no parece cosmético.