Mientras el peronismo todavía intenta explicar el desastre económico que dejó después de años de emisión, inflación y empleo precarizado, los números empiezan a mostrar otra realidad. El mercado laboral argentino registró en febrero de 2026 una suba de más de 11 mil puestos formales y confirmó tres meses consecutivos de crecimiento. En esta nota te contamos qué hay detrás de los datos, por qué el Gobierno de Javier Milei celebra el cambio de tendencia y cómo impacta el nuevo escenario económico en el empleo privado.
La discusión política argentina siempre tuvo una trampa. Durante años se instaló la idea de que el kirchnerismo defendía el trabajo mientras destruía el salario. Un relato cómodo, repetido hasta el cansancio por dirigentes sindicales, consultores militantes y buena parte del ecosistema mediático que orbitó alrededor del poder peronista.
Pero la realidad, tarde o temprano, termina pasando factura.
Los datos difundidos por la consultora LCG, elaborados sobre la base estadística del SIPA, muestran que el empleo registrado volvió a crecer en febrero de 2026. Fueron 11.640 nuevos puestos formales en apenas un mes. Parece poco para una economía normal. Pero para una Argentina que venía de años de demolición sistemática, el dato tiene peso político.
Porque además no se trata de un rebote aislado.
La economía ya acumula tres meses consecutivos de recuperación laboral.
Y eso ocurre después del ajuste más fuerte aplicado en décadas.
Mientras algunos dirigentes opositores anunciaban escenas apocalípticas desde estudios de televisión porteños, la administración de Javier Milei avanzó con algo que ningún gobierno anterior se había animado a ejecutar: cortar de raíz el déficit fiscal, frenar la emisión descontrolada y empezar a sincerar precios que durante años estuvieron intervenidos artificialmente.
El costo político fue enorme.
El económico también.
Pero el dato que empieza a aparecer ahora es otro: el mercado laboral dejó de caer.
En la Casa Rosada saben perfectamente que todavía falta muchísimo. Nadie en el Gobierno festeja como si la economía suiza hubiese aterrizado en Argentina. Pero también entienden algo central: el peor momento parece haber quedado atrás.
La corrección estadística de enero es una muestra clara de eso.
Inicialmente, el primer mes del año había mostrado caída de empleo. Ahora, con la revisión actualizada, el dato pasó a terreno positivo: 2.126 puestos nuevos.
No es casualidad.
Es consecuencia directa de la estabilización macroeconómica que empezó a ordenar variables completamente detonadas por el modelo anterior.
Durante los últimos años del kirchnerismo, la economía argentina convivía con inflación descontrolada, cepos múltiples, atraso tarifario, déficit récord y un esquema laboral donde cada vez había menos empleo privado genuino y más dependencia estatal.
Era un sistema insostenible.
El problema es que muchos vivían políticamente de sostenerlo.
Por eso la reacción contra Milei fue tan virulenta desde el primer día.
Porque el Presidente vino a romper un negocio.
Y cuando alguien toca intereses enquistados durante décadas, el sistema entero se defiende.
Los números de febrero muestran además otro dato relevante: el crecimiento estuvo impulsado por trabajadores independientes y monotributistas.
Ese segmento sumó 5.856 nuevos registros.
También creció el empleo público en 5.720 puestos, compensando parcialmente la baja del mes anterior.
En paralelo, el empleo asalariado privado se mantuvo prácticamente estable, con una mejora de 965 puestos.
Puede parecer modesto.
Pero en economía, antes de crecer primero hay que dejar de caer.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Hay una escena que se repite en cada café político del AMBA.
Ex funcionarios kirchneristas hablando de “sensibilidad social” mientras evitan mencionar que dejaron una inflación arriba del 200%, salarios pulverizados y un sistema productivo asfixiado de impuestos.
La sociedad ya entendió algo básico: no alcanza con repartir plata si antes destruiste la moneda.
Ahí está la principal diferencia política de esta etapa.
Milei ajustó, pero ajustó el gasto político.
Y aunque el impacto inicial fue duro, los indicadores empiezan lentamente a acomodarse.
La desaceleración inflacionaria ya se refleja en distintos sectores de la economía real. La construcción empezó a mostrar señales de recuperación. Algunas ramas industriales volvieron a crecer. Y ahora también aparece un freno en el deterioro laboral.
Según el informe de LCG, el empleo total todavía se ubica por debajo de febrero de 2025, con una diferencia negativa de 11.092 puestos.
Pero el dato importante es otro.
La tendencia empezó a cambiar.
El gráfico difundido por la consultora muestra una recuperación sostenida desde mediados de 2024, justo después del sinceramiento económico impulsado por el Gobierno libertario.
Eso explica buena parte de la desesperación opositora.
Porque durante años el kirchnerismo construyó su identidad política alrededor de una supuesta superioridad moral en materia social y laboral.
Hoy los números empiezan a discutirles ese monopolio discursivo.
En Balcarce 50 creen que el segundo semestre puede consolidar la recuperación si la inflación sigue bajando y aparecen nuevas inversiones privadas.
La apuesta oficial es clara.
Menos Estado.
Más actividad privada.
Más competencia.
Más crédito.
Más empleo genuino.
Por eso el Gobierno insiste con reformas estructurales que todavía generan resistencia dentro del Congreso y de algunos gobernadores acostumbrados a vivir de la chequera nacional.
El mileísmo sabe que no alcanza con estabilizar.
Ahora necesita crecer.
Y crecer rápido.
Porque la sociedad acompañó el ajuste esperando resultados concretos.
Hasta ahora, los datos empiezan lentamente a validar el rumbo.
Y eso modifica el clima político.
El peronismo ya no discute solamente contra Milei.
Empieza a discutir contra la realidad.