Milei frenó la caída, pero la motosierra ya pasa factura

En la intimidad de la Casa Rosada ya admiten que el Gobierno tocó un piso político después de varios meses de desgaste. La inflación desaceleró, apareció un leve rebote económico y bajó el ruido por el caso Manuel Adorni, pero el ajuste empieza a dejar heridos en las provincias, PyMEs cerradas y una tensión silenciosa entre los armadores del poder libertario. En esta nota te contamos qué está pasando detrás de las paredes de Balcarce 50 y por qué el oficialismo sabe que el verdadero examen recién empieza.

27-05-2026 - Por Crítica Argentina

La semana pasada, en uno de esos despachos donde se cocina la política real y no la que se ve en televisión, llegó un informe que trajo un poco de oxígeno al corazón libertario. No fue euforia. Mucho menos festejo. Apenas una señal. Pero después de meses de deterioro, en el Gobierno la tomaron como agua en el desierto.

Los números mostraban que entre fines de abril y principios de mayo se había frenado la caída de la imagen presidencial. Javier Milei había dejado de perforar hacia abajo. “Veníamos cayendo y esto se detuvo”, reconocen cerca de la mesa chica.

En la Rosada nadie se engaña. Saben que no apareció un enamoramiento social nuevo. Tampoco un respaldo sólido. Lo que detectaron los encuestadores fue otra cosa: un piso. Endeble, precario, todavía húmedo. Pero piso al fin.

La explicación que circula entre los estrategas libertarios es brutalmente simple: la gente sigue bancando mientras vea que baja la inflación. Todo lo demás queda en segundo plano. La pelea de egos, las internas palaciegas, las operaciones cruzadas y el conventillo permanente del oficialismo interesan mucho más en el microclima político que en la vida cotidiana del AMBA, donde el vecino mira el changuito y la boleta de servicios antes que Twitter.

Y ahí apareció el dato que le permitió respirar a Milei. El Indec informó una inflación mensual del 2,6% en abril. Bajó casi un punto respecto a marzo. Para un Gobierno que hizo del combate contra los precios su razón de existencia, ese número valió oro.

Porque el Presidente entiende algo que el kirchnerismo nunca quiso aceptar: la sociedad puede tolerar un ajuste salvaje si percibe que hay un rumbo claro. El problema empieza cuando el sacrificio parece infinito y no aparecen resultados palpables.


La economía sostiene todo


El otro dato que celebraron en el Ministerio de Economía fue el superávit financiero de $268.103 millones que logró el Sector Público Nacional en abril. Para Luis Caputo, ese equilibrio fiscal es la columna vertebral del programa libertario. Sin superávit, dicen cerca del ministro, vuelve el infierno populista.

La lógica oficial es conocida: primero se ordena el desastre heredado y después llega la recuperación. En esa hoja de ruta se apoyan las últimas estadísticas de industria y construcción, que mostraron una mejora después de meses de desplome.

La consultora LCG destacó que la construcción y la actividad manufacturera crecieron 4,7% y 5% interanual respectivamente durante marzo. No es una explosión económica, ni mucho menos. Pero en un país acostumbrado a vivir en terapia intensiva, cualquier signo vital empieza a cotizar.

Ahora bien, debajo de esos números todavía late una realidad áspera. El informe del Instituto Argentina Grande (IAG) reveló que desde diciembre de 2023 cerraron 24.437 PyMEs. Una masacre silenciosa que golpeó especialmente al comercio, el transporte y la industria.

En cualquier café político porteño aparece la misma discusión: si la estabilización llegará antes de que el desgaste social se vuelva inmanejable.

En el Gobierno creen que sí. Pero también saben que el reloj corre.


Internas, ajuste y gobernadores


Mientras Milei intenta consolidar el relato del rebote económico, puertas adentro la convivencia libertaria sigue siendo un campo minado.

La pelea entre el sector de los Menem y el universo de Santiago Caputo dejó de ser un secreto. Se cruzan por armado político, cajas, influencia y estrategia electoral. En algunos despachos hablan directamente de una guerra fría.

La investigación judicial contra Manuel Adorni también congeló durante semanas parte de la dinámica oficial. El vocero quedó bajo la lupa por presunto enriquecimiento ilícito y eso generó ruido interno. Hubo funcionarios que empezaron a preguntarse si valía la pena sostener semejante nivel de exposición.

La consecuencia fue evidente: menos voceros, menos iniciativa parlamentaria y una gestión más encapsulada.

Sin embargo, cerca del Presidente minimizan el impacto social de esas peleas. “Las internas las consume el círculo rojo; la gente mira la economía”, repiten.

Puede ser cierto. Pero también es verdad que cuando la política se paraliza, el costo aparece rápido.

Y ahí empiezan los problemas con los gobernadores.

La famosa motosierra ya no recorta solamente estructuras nacionales. Ahora está entrando de lleno sobre las provincias. La Decisión Administrativa conocida la semana pasada metió un ajuste de 2,5 billones de pesos sobre el Presupuesto y golpeó partidas extremadamente sensibles.

El recorte incluye $971.450 millones que afectarán administraciones provinciales y municipales. Se eliminaron fondos para infraestructura vial, saneamiento, obras hídricas y asistencia técnica.

Traducido al castellano brutal de la política argentina: menos rutas, menos cloacas, menos obras y menos margen para negociar con los caudillos provinciales.

La tensión escaló todavía más después de la media sanción vinculada a la modificación de la ley de zonas frías. Gobernadores y legisladores patagónicos salieron con los tapones de punta contra la reducción de subsidios al gas.

Pero en Balcarce 50 no piensan retroceder.

Para Milei, sostener el superávit es una cuestión existencial. Cree que cualquier concesión abre la puerta al regreso del viejo sistema que fundió al país durante décadas.


El dilema libertario


En privado, algunos operadores oficialistas reconocen que la caja de herramientas para seducir gobernadores es cada vez más chica.

Sin obra pública, sin transferencias discrecionales y con una billetera ajustada al extremo, la negociación política se volvió mucho más áspera. El Gobierno ya no reparte cheques como hacía el kirchnerismo. Y eso modifica toda la lógica de poder en la Argentina.

Ahí entra en escena Eduardo “Lule” Menem, uno de los armadores más influyentes del oficialismo. El riojano ya trabaja en el diseño electoral del próximo año y analiza resignar competencia en ciertos distritos provinciales para fortalecer las listas nacionales.

La prioridad libertaria es clara: blindar el Congreso para proteger el programa económico.

Porque si algo entendieron Milei y Caputo es que el verdadero partido todavía no empezó. El Presidente logró estabilizar una economía detonada y frenar una inflación que viajaba sin frenos. Ahora necesita demostrar que además puede construir poder político duradero.

Y esa pelea, en Argentina, siempre se libra en el barro.