La escena ya está escrita. Falta saber si la vicepresidenta decide actuar en ella o vuelve a correrse del cuadro para dejar al Gobierno hablando solo.
El próximo lunes, desde las primeras horas de la mañana, la Catedral Metropolitana de Buenos Aires volverá a convertirse en el escenario donde la política argentina muestra lo que realmente es cuando se apagan los discursos libertarios de TikTok y aparecen las miserias clásicas del poder. Ahí estará Javier Milei, rodeado de ministros, custodios y funcionarios que hace apenas un año juraban que la fórmula presidencial era “inquebrantable”. Hoy ni siquiera pueden garantizar una foto conjunta.
En Casa Rosada ya no esconden nada. “Si va, seguramente estén bien separados. Nosotros de un lado y ella del otro”, deslizaron desde Balcarce 50. La frase retrata mejor que cualquier comunicado el estado terminal del vínculo entre el Presidente y la titular del Senado.
La relación está rota. No fría. No distante. Rota.
Y lo más llamativo es que ocurrió en tiempo récord. La dupla que llegó al poder denunciando a “la casta” terminó reproduciendo en meses las peores lógicas de desconfianza, espionaje interno y guerra palaciega que durante años criticó del kirchnerismo y del macrismo.
El Tedeum patrio aparece ahora como una postal incómoda para un oficialismo que intenta mostrar fortaleza mientras administra una pelea doméstica cada vez más salvaje.
El Presidente participará de la homilía encabezada por el arzobispo Jorge Ignacio García Cuerva junto a la plana mayor del Gabinete. Pero hay un detalle que en los pasillos oficiales leen como un mensaje directo: este año no habrá desayuno previo en la Casa Rosada.
No es un tema menor.
Ese desayuno funcionaba como una instancia política y protocolar de unidad institucional. La eliminación de esa ceremonia refleja que el Gobierno directamente dejó de fingir normalidad con Villarruel.
En paralelo, también estará el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, otro dirigente que supo quedar en la mira libertaria pero que en las últimas semanas recompuso parcialmente la relación con el Ejecutivo nacional.
La Vicepresidenta, en cambio, sigue orbitando cada vez más lejos del núcleo duro mileísta.
En el entorno de la titular del Senado todavía evitan confirmar asistencia. Y no es casual. Cada aparición pública junto al Presidente se transformó en un campo minado donde se discute desde el orden de las sillas hasta quién entra primero a una iglesia.
Así de deteriorado está el vínculo.
Dentro del universo libertario nadie duda de quién empujó el aislamiento de Villarruel: Karina Milei.
Durante meses, la secretaria general de la Presidencia mantuvo una convivencia apenas tolerable con la vicepresidenta. La tensión fue escalando hasta convertirse en una disputa de poder explícita dentro del oficialismo.
La propia Villarruel dejó una frase que quedó tatuada en la memoria política libertaria. “Somos parecidas en algunas cosas y en otras, no. En el medio está Javier, pobre jamoncito”, ironizó en marzo de 2024.
Esa definición, que en otro contexto podía parecer simpática, terminó funcionando como un sincericidio brutal sobre el triángulo de poder que gobierna la Argentina.
Con el correr de los meses, Karina consolidó su control político y Milei directamente cortó el diálogo con quien había sido su compañera de fórmula.
La confirmación pública llegó cuando el vocero presidencial Manuel Adorni sostuvo que no consideraban a Villarruel parte del Gobierno.
En cualquier administración normal, semejante declaración hubiera detonado una crisis institucional inmediata. En la Argentina libertaria pasó casi como un trámite más.
Desde entonces, la vicepresidenta endureció su perfil. Empezó a cuestionar decisiones oficiales y dejó de cuidar las formas. En las últimas horas reclamó la presentación de la declaración jurada de un ministro investigado por presunto enriquecimiento ilícito y apuntó contra la compra de un avión para la Fuerza Aérea bajo sospecha de irregularidades.
Ya no habla como integrante del espacio. Habla como alguien que empezó a construir autonomía.
Y eso, en el ecosistema cerrado de los hermanos Milei, equivale a una declaración de guerra.
En mayo de 2025 quedó sellada la fractura definitiva. Fue en la misma Catedral Metropolitana donde ahora podría repetirse el reencuentro incómodo.
Aquella vez, frente a cámaras y dirigentes, Javier Milei evitó saludar a Villarruel. Horas más tarde remató la escena con una frase demoledora: “Roma no paga traidores”.
La vicepresidenta respondió con otra sentencia quirúrgica: “Yo siempre saludo”.
Desde entonces, el oficialismo quedó atrapado en una contradicción incómoda. Mientras Milei intenta consolidar autoridad presidencial y profundizar su programa económico, la pelea interna se transforma en una distracción permanente que erosiona la narrativa épica libertaria.
En los despachos oficiales saben que una nueva escena de tensión durante el Tedeum puede convertirse en munición política para toda la oposición.
Pero también entienden otra cosa: retroceder ya no parece posible.
El Presidente considera que Villarruel dejó de ser confiable. La vicepresidenta cree que el círculo íntimo presidencial intentó humillarla públicamente y desplazarla del esquema de decisiones.
Ninguno piensa ceder.
Por eso el acto del próximo 25 de Mayo excede lo religioso. Será otra batalla simbólica dentro de un Gobierno que todavía conserva respaldo social fuerte, pero que ya empezó a mostrar las grietas de cualquier experiencia de poder real en la Argentina.
Porque gobernar no es tuitear.
Y administrar una coalición, incluso una armada alrededor de un liderazgo feroz como el de Milei, implica convivir con egos, traiciones, ambiciones y operaciones permanentes.
La política argentina no perdona ingenuidades. Mucho menos en Balcarce 50.