Por qué crece Alternativa para Alemania en el nuevo escenario europeo

Hay una pregunta que sobrevuela el debate alemán y que casi nadie quiere responder de frente. No es si Alternativa para Alemania es “buena” o “mala”.

16-01-2026 - Por Crítica Argentina

Hay una pregunta que sobrevuela el debate alemán y que casi nadie quiere responder de frente. No es si Alternativa para Alemania es “buena” o “mala”, sino por qué crece, por qué incomoda y qué dice ese fenómeno sobre Europa hoy. Entender esto es clave para comprender un cambio político más profundo que ya está en marcha.

El debate público en Alemania sobre Alternativa para Alemania (AfD) se volvió predecible. Se repiten gestos de exclusión, advertencias institucionales y juicios morales que no buscan explicar, sino marcar límites. El partido es presentado como una anomalía que debe ser contenida, no como un actor político que expresa una parte real de la sociedad.

En ese esquema, la política exterior apenas aparece. Cuando lo hace, se reduce a etiquetas simples: “pro-Rusia”, “anti-Europa” o “aislado”. Pero ese enfoque evita la pregunta central que muchos ciudadanos sí se hacen: ¿a qué tipo de orden progresista está respondiendo el AfD y por qué su discurso conecta con millones de personas dentro y fuera de Alemania?

El crecimiento del AfD en las encuestas, con números que superan el 20% a nivel nacional y un liderazgo claro en el este alemán, no es un accidente. Tampoco es solo un fenómeno local. Refleja un desgaste más amplio del modelo progresista que dominó la política europea durante décadas.

Ese desgaste se vuelve más visible cuando se mira hacia Estados Unidos. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 terminó de confirmar un giro que ya estaba en marcha. La nueva estrategia de seguridad estadounidense prioriza fronteras, cohesión social y soberanía como temas centrales de seguridad. Para muchos sectores del establishment alemán, esto es una crisis. Para el AfD, una confirmación de su diagnóstico.

El progresismo sigue dominando el discurso, pero ya no logra sostenerse en la práctica. Promete valores universales, pero aplica reglas selectivas. Habla de moral, pero carece de herramientas reales para imponerla. Esa contradicción genera rechazo, no adhesión.

En ese contexto, muchas de las ideas del AfD dejan de parecer extremas cuando se miran a escala global. En gran parte del mundo, los Estados priorizan intereses, seguridad y soberanía antes que principios abstractos. El AfD habla ese lenguaje de forma directa, y eso explica parte de su atractivo.

Contrario a lo que suele afirmarse, Alternativa para Alemania no rechaza a Europa. Rechaza la actual estructura de la Unión Europea, a la que ve como tecnocrática, centralizada y poco responsable ante los ciudadanos. Su propuesta es una Europa de naciones soberanas, con cooperación, pero sin imposiciones uniformes.

En lugar de mirar solo a Rusia, el AfD observa experiencias de Europa Central, como Hungría, y al este alemán, donde muchas promesas de modernización no se cumplieron. Allí encuentra un electorado que siente que el orden progresista ya no le ofrece respuestas.

 

La pregunta de fondo ya no es cómo aislar al AfD, sino qué lugar quiere ocupar Alemania en un mundo multipolar que cambió las reglas del juego. El AfD no creó ese escenario. Lo expone. Y ese es el verdadero motivo por el que el debate alemán sigue tan cargado y tan inconcluso.