La política argentina tiene una vieja costumbre: negar los datos cuando los números no encajan con el relato propio. Durante años se sostuvo que el déficit no importaba, que emitir pesos no generaba inflación y que el atraso cambiario era la solución para contener los precios. El resultado fue conocido por todos: inflación de tres dígitos, reservas negativas, cepo permanente y una economía que expulsó inversiones durante más de una década.
Hoy el escenario empezó a cambiar. No porque la Argentina haya resuelto todos sus problemas, sino porque por primera vez en muchos años las principales variables macroeconómicas muestran una dirección consistente.
El Gobierno de Javier Milei llega al cierre del primer semestre con un balance que combina luces y sombras. Del lado positivo aparecen una fuerte acumulación de dólares, un superávit comercial robusto, la continuidad del equilibrio fiscal y una inflación que, luego del pico registrado en marzo, volvió a desacelerarse.
No son cuestiones menores. Durante décadas la economía argentina chocó una y otra vez contra la misma pared: gastaba más de lo que producía y financiaba ese desequilibrio con emisión monetaria o deuda. Ese círculo terminó siempre igual. Más inflación, más pobreza y menos inversión.
Esta vez el equipo económico eligió otro camino. Mucho más duro desde el punto de vista político, pero consistente desde la lógica económica.
Los datos conocidos durante las últimas semanas alimentaron el optimismo dentro de la Casa Rosada.
El índice de confianza del consumidor elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella y Poliarquía mostró una recuperación superior a los seis puntos durante junio, con un salto particularmente importante en el Gran Buenos Aires.
No es casualidad que esa mejora coincida con dos meses consecutivos de desaceleración inflacionaria.
El Gobierno apuesta a que junio cierre incluso por debajo del 2% mensual, un umbral que hasta hace apenas un año parecía imposible para una economía acostumbrada a convivir con aumentos permanentes.
La inflación sigue siendo el principal termómetro político de la gestión.
Mientras los precios bajen, el oficialismo tendrá margen para esperar que los salarios recuperen parte del terreno perdido durante el reordenamiento inicial.
Claro que la realidad cotidiana todavía presenta dificultades.
Muchas familias aún no perciben una mejora significativa en su poder adquisitivo y eso se refleja en las encuestas.
Los estudios de opinión muestran una aprobación presidencial cercana al 35%, mientras la imagen negativa supera el 60%.
Sin embargo, ese descontento todavía no encuentra una conducción política capaz de transformarlo en alternativa electoral.
El peronismo continúa cargando con el desgaste de su último gobierno y las figuras que aparecen en escena mantienen elevados niveles de rechazo.
Ese vacío explica por qué algunos sondeos detectan crecimiento de opciones más ideologizadas, como Myriam Bregman, aunque sin capacidad de disputar el liderazgo nacional.
El principal reto para Luis Caputo ya no pasa únicamente por estabilizar la economía.
Ahora necesita que la estabilidad llegue a los comercios, al consumo y al empleo.
La reducción gradual de las tasas de interés, la recuperación del crédito y la mejora del salario real aparecen como las herramientas para lograr ese objetivo.
Al mismo tiempo, el mercado cambiario parece ingresar en una etapa distinta.
Durante junio el dólar oficial comenzó a moverse por encima de la inflación, frenando el atraso cambiario que se había acumulado durante los primeros meses del año.
Lejos de representar una señal de alarma, el Gobierno considera que esa corrección reduce riesgos de cara al proceso electoral de 2027.
Mientras tanto, el Banco Central moderó el ritmo de compra de divisas para evitar presiones innecesarias sobre la cotización.
La abundancia de dólares dejó de depender exclusivamente del campo.
Las exportaciones energéticas empiezan a modificar estructuralmente la matriz económica argentina.
Las proyecciones del economista Fernando Marengo, de BlackToro, estiman exportaciones petroleras superiores a los USD 20.000 millones durante 2027 si los precios internacionales acompañan.
Ese proceso comienza a desarmar una vieja limitación de la economía nacional: la restricción externa.
Durante décadas faltaban dólares para crecer.
Hoy la discusión empieza a girar sobre cómo administrar un flujo creciente de divisas.
En paralelo, otra señal observada por los mercados es la caída del riesgo país.
La posibilidad de perforar los 450 puntos reabre una puerta que permaneció cerrada durante años: el regreso al financiamiento internacional voluntario.
Incluso organismos multilaterales como el Banco Mundial comenzaron a respaldar ese proceso mediante garantías financieras destinadas a abaratar futuras colocaciones.
Mientras tanto, en la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof también intenta reconstruir puentes con inversores internacionales.
Sin embargo, según trascendió tras reuniones reservadas con fondos de inversión en Wall Street, su figura todavía genera fuertes dudas por su paso por anteriores gobiernos kirchneristas.
El oficialismo sabe que todavía falta mucho.
Pero también entiende que el verdadero cambio no pasa solamente por una baja mensual de la inflación.
La batalla de fondo consiste en demostrar que una economía ordenada puede sostener crecimiento sin volver a financiarse con emisión, controles o cepos.
Ese será el examen político más importante de Javier Milei durante los próximos meses.
Lo que tenés que saber
- La inflación acumula dos meses consecutivos de desaceleración.
- La confianza del consumidor volvió a crecer durante junio.
- El Banco Central mantiene un fuerte colchón de reservas.
- Las exportaciones energéticas empiezan a cambiar la estructura económica argentina.
- La oposición todavía no logra capitalizar el malestar social reflejado en las encuestas.