A pocas semanas de las elecciones generales en Perú, previstas para el 12 de abril, las encuestas más recientes posicionan a Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga como los candidatos con mayor intención de voto, aunque en un escenario de extrema paridad.
Ambos dirigentes se ubican apenas por encima del 10%, en lo que los analistas ya describen como un virtual empate técnico. La elección presenta más de 30 candidatos, lo que refleja una fuerte fragmentación política y la imposibilidad de consolidar mayorías claras en primera vuelta.
Este contexto no es menor: Perú atraviesa desde hace años una crisis institucional profunda, marcada por la inestabilidad presidencial y denuncias de corrupción que impactaron directamente en la confianza ciudadana.
El bajo nivel de apoyo a todos los candidatos evidencia una debilidad estructural del sistema político peruano. En menos de una década, el país tuvo múltiples presidentes, varios de ellos destituidos o investigados.
En ese escenario, la leve ventaja de Fujimori y López Aliaga muestra una tendencia creciente hacia propuestas de derecha, con foco en:
Se trata de demandas que ganan peso en un electorado golpeado por la incertidumbre política y económica.
Mientras tanto, los principales candidatos de izquierda, como Alfonso López Chau y Roberto Sánchez, no logran superar el 5% de intención de voto.
Sin embargo, el dato más relevante es otro: cerca del 23% del electorado aún no definió su voto. Este segmento será determinante para el resultado final y podría alterar el escenario en las semanas previas a la elección.
De acuerdo con los sondeos, Perú se encamina a una segunda vuelta, un escenario habitual en su sistema electoral ante la dificultad de alcanzar mayoría absoluta en primera instancia.
De confirmarse esta tendencia, el balotaje podría enfrentar a dos candidatos de derecha, consolidando un giro político en un país donde la demanda por orden, seguridad y estabilidad económica parece imponerse.
En este contexto, la elección no solo definirá un presidente, sino que podría marcar un punto de inflexión en el rumbo político peruano.