La política argentina tiene una fascinación enfermiza por fabricar crisis donde no las hay. Apenas aparece una diferencia de criterio dentro de un espacio de poder, el sistema entero —periodistas operadores, consultores de café y dirigentes reciclados— sale desesperado a vender “fracturas”, “rupturas” y “guerras terminales”. En el universo de La Libertad Avanza, donde el vértigo manda y el poder se ejerce sin liturgia radical ni burocracia peronista, esa ansiedad se multiplica.
Por eso la reacción de Javier Milei no fue casual. El Presidente entendió rápido que el episodio de la cuenta “PeriodistaRufus” estaba siendo utilizado como una excusa para instalar una supuesta pelea feroz entre el entorno de Santiago Caputo y el titular de Diputados, Martín Menem. Y decidió cortarlo de raíz.
? Habló Javier Milei sobre el RufusGate.
— Julián Alvez (@alvezjulian_) May 19, 2026
“Eso es algo que le han plantado a Martín Menem (…) Es algo que está prefabricado para generar un problema. pic.twitter.com/TvmJim5r34
Desde los estudios de Neura, el jefe de Estado fue directo, sin cassette y sin maquillaje político. “Eso fue algo que le han plantado a Martín Menem. Eso está prefabricado para generar un problema”, disparó. La frase cayó como una granada en el microclima porteño.
Porque en Balcarce 50 ya estaban cansados de la novela. Durante todo el fin de semana, el ecosistema digital libertario se había transformado en una jungla de acusaciones cruzadas, capturas de pantalla, teorías conspirativas y mensajes encriptados dignos de una interna peronista de los noventa.
La cuenta “PeriodistaRufus” había empezado a circular con publicaciones críticas hacia distintos actores del oficialismo. El blanco no era solamente Martín Menem. También aparecían cuestionamientos hacia el propio Milei, contra Karina Milei y especialmente hacia Santiago Caputo, el estratega comunicacional más influyente del Gobierno.
Ahí se encendieron todas las alarmas.
En el triángulo de hierro libertario saben perfectamente que Caputo no es un asesor más. Es el hombre que diseñó buena parte de la arquitectura narrativa que llevó a Milei desde los sets de televisión hasta la Casa Rosada. Podrá gustar o no su estilo, pero nadie dentro del oficialismo desconoce su peso político real.
Por eso el Presidente fue terminante. “Santiago Caputo seguirá absolutamente trabajando en la mesa política”, afirmó. Después remató con una definición personal que explica mucho más que cien off the record de pasillo: “Es como un hermano para mí”.
En paralelo, también blindó a Menem. Lo elogió por su tarea en Diputados y dejó claro que la conducción parlamentaria libertaria sigue alineada con la Rosada. No es un dato menor. En un Congreso lleno de gobernadores presionando, bloques dialoguistas negociando al límite y peronistas intentando recuperar centralidad, Menem se convirtió en una pieza indispensable para sostener la gobernabilidad.
Detrás de toda esta espuma hay algo más profundo: sectores políticos y mediáticos que todavía no digieren que Milei haya llegado al poder sin pedir permiso.
La desesperación por encontrar internas responde a una lógica vieja de la política argentina. El aparato tradicional necesita que el oficialismo se rompa porque enfrente no encuentra una oposición ordenada. El peronismo sigue aturdido después de la derrota de Sergio Massa, mientras el PRO todavía no logra decidir si acompaña, confronta o directamente se disuelve dentro del proyecto libertario.
En ese contexto, cualquier chispa se convierte en “crisis institucional”.
Pero Milei eligió otra estrategia: exponer la maniobra y correr el eje hacia los resultados de gestión. Ahí es donde el Presidente se siente más cómodo. Porque sabe que mientras la inflación siga desacelerándose y la macroeconomía muestre orden, gran parte de la discusión política queda reducida a ruido de palacio.
Por eso, durante la entrevista, aprovechó para volver a diferenciarse de Mauricio Macri. Y lo hizo sin vueltas.
Cuando le preguntaron por sus críticas en el Malba, Milei explicó que no estaba haciendo un ataque personal sino describiendo diferencias estructurales entre ambos modelos económicos. En particular, apuntó contra la ley de Alquileres impulsada durante el macrismo.
“Esa atrocidad”, la definió.
El Presidente sostuvo que la desregulación permitió duplicar la oferta de propiedades y bajar un 30% el costo relativo de los alquileres. En la lógica libertaria, el diagnóstico es brutalmente simple: cuando el Estado interviene, rompe incentivos y destruye mercados. Cuando se corre, la actividad reaparece.
Esa mirada no solamente marca distancia con el kirchnerismo. También funciona como un tiro por elevación hacia el PRO, espacio al que Milei considera responsable de haber administrado el gradualismo que terminó explotando en 2019.
En la Casa Rosada lo dicen sin rodeos: el Presidente no piensa moderar el rumbo para agradarle al establishment político que lo combatió durante años.
Por eso cada operación interna termina reforzando el núcleo duro libertario. Porque el votante que acompaña a Milei no está esperando diplomacia parlamentaria ni equilibrio entre facciones. Quiere velocidad, ajuste, motosierra y confrontación contra la casta.
Y ahí radica la principal diferencia con los gobiernos anteriores.
Mientras otros oficialismos convivían con tribus que se devoraban entre sí, en La Libertad Avanza la autoridad sigue concentrada en una sola figura. Milei ordena, Karina ejecuta y Caputo diseña. El resto acompaña o queda afuera del esquema.
La política tradicional todavía no termina de entenderlo. Sigue buscando internas clásicas en un espacio que funciona más como una conducción vertical de poder que como una coalición llena de barones territoriales.
Por eso la supuesta guerra entre Caputo y Menem terminó siendo apenas una tormenta digital amplificada por operadores que necesitan instalar fisuras para sobrevivir.
Milei lo detectó rápido y salió a clausurar el tema antes de que creciera.
Porque si algo aprendió el Presidente desde que desembarcó en la política grande es que en Argentina las crisis muchas veces no empiezan en la realidad. Empiezan en Twitter, siguen en televisión y terminan condicionando gobiernos.
Esta vez decidió cortar el circuito antes de que prendiera fuego algo más grande.