El gobierno de Estados Unidos, bajo la conducción de Donald Trump, avanzó en las últimas semanas con una serie de acuerdos comerciales bilaterales y marcos de entendimiento que modifican reglas de acceso a su mercado y obligan a sus socios a concesiones estructurales. En ese escenario, Argentina aparece entre los países que obtuvieron mejores condiciones relativas, con menores compromisos y ventajas concretas para sectores clave como la carne vacuna.
La estrategia de Washington se apoya en una lógica mercantilista explícita: reducir déficits comerciales, ampliar exportaciones estadounidenses y condicionar regulaciones externas. Aunque Trump no cumplió su promesa de alcanzar 90 acuerdos en 90 días, la Casa Blanca concretó cinco acuerdos recíprocos formales —entre ellos con Argentina, Camboya y Malasia— y cerca de una docena de “marcos” menos vinculantes con actores de peso como la Unión Europea e India.
Los documentos firmados suelen ser cortos —en muchos casos no superan las ocho páginas— y carecen de aprobación del Congreso estadounidense, mecanismos de cumplimiento obligatorio o sistemas claros de resolución de disputas. Sin embargo, redefinen el acceso al mercado norteamericano y fuerzan cambios internos en los países firmantes.
Según The Economist, estos compromisos trascenderán la vigencia formal de los tratados, ya que implican aperturas comerciales, rebajas arancelarias y eliminación de barreras no arancelarias difíciles de revertir sin costos políticos y económicos.
Los casos de Malasia y Camboya ilustran el costo de negociar sin peso económico ni alternativas de mercado. Ambos enfrentaban tarifas recíprocas del 19% y aceptaron eliminarlas a cambio de abrir totalmente sus mercados a productos estadounidenses y flexibilizar normas sanitarias.
Malasia fue más lejos:
Aceptó replicar controles de exportación de EE.UU. contra países “no de mercado”, en alusión directa a China.
Se comprometió a consultar con Trump antes de firmar acuerdos digitales con terceros.
Permitió que Estados Unidos rescinda el pacto si considera que Malasia firma convenios que perjudiquen sus intereses.
Un exdirigente malasio calificó el resultado como “el peor acuerdo desde la independencia en 1957”, mientras que la actual ministra de Comercio lo definió como “injusto”.
En el otro extremo, los socios con control de cadenas industriales estratégicas —UE, Japón, Corea del Sur y Taiwán— lograron condiciones más favorables. Enfrentan aranceles del 15% y obtuvieron reducciones sustanciales sobre bienes sensibles como automóviles, medicamentos y semiconductores.
A cambio, prometieron:
Eliminar numerosos aranceles industriales y agrícolas.
Reducir trabas a vehículos estadounidenses.
Realizar compras e inversiones millonarias, cuya ejecución es incierta.
La UE comprometió adquisiciones de energía por USD 750.000 millones, mientras que Taiwán anunció inversiones por USD 250.000 millones en territorio estadounidense.
India ocupó una posición intermedia. Aceptó abrir sectores específicos y fijó su tarifa recíproca en 18%, con exenciones condicionadas para medicamentos genéricos, repuestos aeronáuticos y autopartes. A cambio, facilitará la entrada de productos industriales estadounidenses y de rubros políticamente sensibles como el maíz genéticamente modificado.
La reacción interna fue inmediata: sindicatos agrícolas hablaron de “rendición total” y referentes opositores advirtieron que el país podría convertirse en “un vertedero” de productos importados.
De acuerdo con The Economist, Argentina y Reino Unido fueron los países que mejor acceso lograron al mercado estadounidense comprometiendo menos. Ambos enfrentarán aranceles limitados al 10% y obtuvieron excepciones relevantes.
En el caso argentino:
Podrá exportar grandes volúmenes de carne vacuna sin aranceles.
Consiguió recortes de tributos sobre partes de automóviles y acero.
Amplió el acceso de empresas estadounidenses a su mercado, sin aceptar las restricciones regulatorias impuestas a otros países.
EE.UU. cerró acuerdos sin aval del Congreso, pero con efectos reales.
Los países con menor poder cedieron más.
Argentina logró ventajas comerciales con concesiones acotadas.
El impacto superará el corto plazo de los tratados.
Desde la óptica de Trump, el balance es positivo: mayor acceso para exportadores estadounidenses, compromisos para eliminar barreras no arancelarias y promesas de inversión por cifras elevadas. Además, casi todos los acuerdos incluyen cooperación contra prácticas comerciales desleales de terceros países, especialmente China, y límites a impuestos digitales, extendiendo la influencia regulatoria de Washington.
El reverso es interno: las nuevas tarifas elevan costos para los consumidores estadounidenses y reducen la competencia doméstica. Para los socios comerciales, la apertura forzada podría derivar, a largo plazo, en beneficios económicos mayores a los previstos, aunque el impacto político inmediato ya se hace sentir.