¿Argentina puede convertir su histórico desarrollo nuclear en un negocio real y competitivo a nivel global? Esa es la pregunta que sobrevuela una decisión clave del Gobierno y que recién empieza a tener respuestas concretas.
La creación de la Secretaría de Asuntos Nucleares marcó una jugada estratégica del presidente Javier Milei para ordenar, profesionalizar y volver rentable un sector que acumula más de 75 años de inversión pública. Al frente quedó Federico Ramos Napoli, un funcionario joven pero con experiencia directa en el corazón del sistema nuclear argentino.
La intención es clara: dejar atrás un modelo donde el Estado invierte sin retorno y pasar a uno donde el conocimiento y la tecnología se traduzcan en resultados económicos, empleo calificado y exportaciones argentinas.
Ramos Napoli llega con un diagnóstico duro pero concreto. Argentina tiene científicos, técnicos y tecnología de primer nivel, pero carece de estructuras eficientes para escalar proyectos, alinearlos con el mercado y recuperar lo invertido. En palabras simples: hay talento, pero falta orden y reglas claras.
Uno de los ejes centrales es redefinir el papel de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Para el nuevo secretario, la CNEA debe enfocarse en investigación y desarrollo, y no en sostener indefinidamente servicios que ya podrían funcionar como negocios independientes.
La lógica que propone es sencilla: los proyectos no terminan cuando se inauguran. Ahí empieza su vida útil y deben generar ingresos para que la CNEA pueda reinvertir en ciencia y tecnología, sin depender siempre del Tesoro.
En un contexto mundial donde la energía nuclear vuelve a crecer —con decenas de reactores en construcción— Argentina aparece bien posicionada. Tiene uranio, conocimiento técnico y parte de la cadena industrial ya desarrollada. Por eso, la minería de uranio vuelve a estar en agenda.
Según Ramos Napoli, el escenario actual no tiene nada que ver con los años 90, cuando el sector se frenó por bajos precios y rechazo global a la energía nuclear. Hoy pasa lo contrario: hay demanda, precios e incentivos.
La experiencia previa del funcionario en Dioxitek fue clave. Allí se renegociaron contratos, se saldaron deudas históricas con la CNEA y se alcanzó una producción récord de dióxido de uranio, evitando importaciones y mejorando la eficiencia.
Además, las exportaciones de cobalto-60 —usado en medicina e industria— se ordenaron a precios de mercado, permitiendo sanear las cuentas de la empresa y abrir nuevas oportunidades de valor agregado.
Proyectos como el reactor RA-10, la Planta de Agua Pesada o el Centro de Protonterapia muestran el mismo problema: alto nivel tecnológico, pero sin un modelo de negocio definido. La nueva Secretaría apunta justamente a cerrar esa brecha.
El objetivo final es que el sector nuclear deje de ser solo un orgullo científico y se convierta en un motor real de desarrollo, innovación y exportaciones argentinas.
El desafío está planteado. Ahora, el tiempo dirá si el cambio de enfoque logra lo que durante décadas quedó pendiente.